DIVERTIMENTO 6: DELIRIO

José Ramón García Vicente
Catedrático de Derecho Civil. USAL

La pregunta es esta: ¿por qué la primera y primorosa asignatura de Derecho civil que impartimos tiene contenidos tan desiguales?

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1. En algunos ratos sueltos y por razones que no vienen al caso (frase que suscita siempre insana o inquieta curiosidad) he podido comprobar la notable diversidad que tiene el contenido de la parte relativa al primer Derecho civil que se imparte. Diversidad que no es tanta en los planes de estudios del Grado en Derecho. Estos con reglas uniformes a partir de alguna reunión, o conferencia, de Decanos de la cosa.
Esa primera asignatura a veces agrupa la que se llama “parte general” con el Derecho de la persona y otras veces, acumula algunas materias más: que si negocio jurídico con abstracta y a menudo abstrusas distinciones, casi dominicas; que si derecho subjetivo; que si la prescripción o la representación (directa o indirecta); que si los derechos de la personalidad (que no sé si son diferentes a los fundamentales y que no creo imprescindible considerar de modo separado, porque las facetas de un régimen jurídico –o los remedios para su defensa no hacen “distinto” al derecho en cuestión, piénsese en la integridad física o en la intimidad); que si algunas lecciones sobre persona jurídica y, vuelta la mula al trigo, el régimen de asociaciones y fundaciones (¡como si el dinero no fuera la estrella del núcleo principal, el durísimo, de este saber!); que si cuento también las instituciones de protección junto con la edad y la incapacidad.
Muchas inercias y mucho argumento de autoridad: ay, la falacia ad verecundiam. Razonable en otro tiempo pero ahora, tal vez, debería ser revis(it)ada.
En fin: más allá de que muchos sigan, implícita o explícitamente, lo que es lugar común en ciertos manuales, las diferencias son muchas. De contenido, de duración, de ordenación interna o, como diría algún pedagogo, de “secuencia”. A veces, por decirlo con dulzura, se me queda la imagen de una cabritilla que, cabriola tras cabriola, salta sin rumbo en un tapizado prado de instituciones y reglas y lo que le queda en las patas emborrona el programa de esa asignatura.
2. En fin, cualquiera que se asome a esa primera asignatura del duradero Derecho civil en la carrera se quedará un tanto perplejo de que cada maestrillo tenga su librillo. En rigor no se trata de que lo tenga (tanto mejor, libertad de cátedra obliga) sino de que no parece, perdida la centralidad del Derecho civil con la Constitución (esta sí es de verdad el centro), que se sepa con claridad qué contar y por qué en el primoroso primer curso.
Pasa algo parecido con los manuales o libros de referencia, si los hubiere. Se han quedado en terra incognita, por no decir en tierra de nadie. En las otras partes de la asignatura hay un itinerario casi común o, al menos, no son tantas las parcelas discutidas.
3. Digamos algunas cosas. No para atribuirnos el mérito de dar la pauta sino para propiciar la deliberación, o simplemente el enredo, sobre este asunto que no creo menor.
Vaya por delante una premisa: el buen jurista debe saber o conocer muchas cosas, pero no todas ellas debe exponerlas el civilista y si el tiempo es escaso elegir exige sacrificios. Además de que no debamos asustar al primerizo a las primeras de cambio.
(i) No he podido encontrar el hilo entre las partes ni tampoco quien exponga porqué esas partes y no otras. A menudo parece una asignatura, esta sí, Frankenstein o tal vez el resultado de la resistencia a históricas mutilaciones o, sin más, sus despojos.
(ii) Que el título preliminar del Código civil recoja asuntos no especialmente civiles (o tan civiles como penales, mercantiles o procesales) como la entrada en vigor de las leyes, las fuentes del Derecho, las reglas de conflicto, la analogía, el fraude de ley, no obliga a que el profesor de Derecho civil tenga que exponer todas las materias que acoge el Código civil. No podemos aceptar que son civiles porque están en un libro con tal nombre: idea tan del gusto del legislador mercantil por razones centrífugas; aunque la discusión de que sea o no civil es secundaria, porque la realidad es una, también la normativa.
(iii) El Derecho de la persona sigue torturado por la idea del estado civil, noción que tiene unos exiguos efectos prácticos y que confunde más que aclara. Llama la atención que se abunde en la ausencia, en la declaración de fallecimiento, en la emancipación y en el Registro civil; las tres primeras casi irrelevantes y la última se desencaja al referir sus efectos.
(iv) Se duda entre la exposición de la edad (de la minoría) y de la incapacidad con o sin las instituciones concebidas para procurar la protección del menor e incapaz. Unas veces sí. Otras no. De poco sirve saber qué no puede hacer el menor o el incapaz por sí mismo si no se explica qué sucederá en tal caso y porqué.
(v) Los derechos de la personalidad o la protección jurídico privada de los derechos de la persona (sean o no fundamentales) se embarullan por motivos nominales y tan pronto aparecen unos como desparecen otros. Que si el sexo, que si la integridad física y las múltiples donaciones y extracciones; que si la intimidad o el honor (la LO 1 / 1982, de 5 de mayo, es un compendio de remedios jurídico privados, algunos complejos, que se encastra sin rubor en un curso introductorio, como parece natural que deba ser el primero); que si la protección de datos; que si el nombre y los apellidos; que si el domicilio o la nacionalidad o la vecindad civil.
(vi) Una parte sin ligazón es la relativa al derecho subjetivo (o a la autonomía privada): al margen de que casi siempre se da cuenta de la prescripción y la representación (junto a extensas, muchas veces llamativamente prolijas, lecciones sobre el patrimonio y las cosas) no se sabe qué hacer con los límites comunes al ejercicio de los derechos (a veces sin exponer las reglas claras sobre el ejercicio) ni tampoco con su adquisición o extinción. Y claro: desde dónde arranco. Que si las clases de derechos subjetivos, que si los derechos potestativos, que si las situaciones de interinidad. En fin.
(vii) El negocio jurídico y sus excrecencias convoca a unos y es olvidado por otros. Un poco de voluntad, otro de accidentes, pinceladas de ineficacia e invalidez. Las razones por las que se expone en unos casos y no en otros no se desvelan si las hubiere: ni las dogmáticas ni las prácticas.
(viii) La persona jurídica no es un instituto civil ni mercantil, ni administrativo. La localización en el Código de rastros de las asociaciones y fundaciones no puede ser la razón última de su exposición. El Derecho de la persona jurídica, o el de Sociedades, tiene complejidades que no cabe advertir en unas pocas ideas desconectadas de otras personas jurídicas con las que guarda tantas analogías. Y ni que decir tiene que no parece razonable al introducir este asunto referir la doctrina sobre el levantamiento del velo, doctrina que conspicuos autores tardan en exponer y que es cima y remate de muchas otras razones, argumentos e instituciones.
4. Se me dirá: ¿y entonces? Propongo (a sabiendas de que por la boca muere el pez) tres patas. Una parte introductoria que explique a qué se refiere y para qué sirve el Derecho civil, con su complejidad normativa, más aguda en nuestra pulquérrima España. Otra de la pieza que usamos más a menudo (aunque esté razonablemente sometida a crítica, sobrevive): el derecho subjetivo, con su adquisición y transmisión, ejercicio, límites, defensa, extinción, y allí la representación y la prescripción. En fin, un Derecho de la persona convenientemente constitucionalizado: ya no somos (y deberíamos estar agradecidos) el valladar de execrables intromisiones.

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