DIVERTIMENTO 7: LA LEY DEL EMBUDO

José Ramón García Vicente
Catedrático de Derecho Civil. USAL

Hay leyes, como la del embudo, que, sin haber sido nunca promulgadas, han mantenido su vigencia sin pausa en los últimos milenios

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1. Tengo un libro que cumple plenamente la función que deberían satisfacer estos divertimentos: entretener. Dicho sea de paso: ojalá sirvan estos textos como ligeros pasatiempos. Se trata del Diccionario fraseológico documentado del español actual. Locuciones y modismos españoles, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, Aguilar, Madrid, 2004. Me encantaría escribir al modo del texto que abre boca al libro: “sobre este diccionario”. Conciso y preciso.
Lo cierto es que con la canícula al borde de borrarnos ahogados en nuestro propio sudor me pareció que sería buena idea recordar brevemente algunas leyes que son más definitivas y constantes que esas otras que usualmente manejamos, sometidas, como están, al arbitrio o discreción motivada de nuestros legítimos legisladores que ya querrían, ya, derogar la ley de la gravedad o la del mínimo común múltiplo. Por ahora se contentan con prorrogar ad aeternitatis la vacatio de la Ley del registro civil: véase la Disposición Final primera de la Ley 5 / 2018, de 11 de junio, de modificación de la Ley 1 / 2000, de 7 de enero, de enjuiciamiento civil, en relación a la ocupación ilegal de viviendas. Delicada técnica legislativa.
Por cierto: ¿por qué el nuevo artículo 250.1.4º LEC excluye a las sociedades de capital (el demonio del capitalismo también puede encarnarse en un propietario-casero múltiple)?; y ¿quién ha sido el desafortunado redactor del horrendo artículo 441.1 bis LEC? Invito a leer la proposición de ley original del Partit Demòcrata Europeu Català, que elige la palabra “okupación” y considera valiosa la “imperturbabilidad” de la propiedad privada de las personas físicas (BOCG, Congreso, XII Legislatura, serie B [¡y tanto!], 78-1, 30 de enero de 2017; proposición que trae causa de la bastante mejor Llei 4/2016, del 23 de desembre, de mesures de protecció del dret a l'habitatge de les persones en risc d'exclusió residencial). La okupación tenía, tuvo, un aroma a justicia social, ya por siempre ido.

2. Uno de los hallazgos o caprichos de los hablantes (y escribientes) es la “ley del embudo” que tiene una belleza semántica que casa con exactitud con el artefacto que nos ayuda al trasiego de vino y gazpacho y que rige con fuerza bruta desde tiempo inmemorial. Artefacto que también ha servido como sombrero del loco de atar.
Dice el Diccionario arriba citado. Ley del embudo (col., de coloquial): “norma de conducta muy favorable o tolerante para uno mismo pero estricta para los demás”. Para mí la boca ancha me obsequia, para ti la estrecha, que te oprime.
Averigüé que hasta se había escrito una novela con esta importante ley (importante por la frecuencia y tesón en su aplicación, inmune a desdichas, guerras, revoluciones y codificaciones): la de un altoaragonés que narra la historia de un cacique. Pascual Queral y Formigales: La ley del embudo, Librería de Fernando Fé, Madrid, 1897 (con prólogo nada menos que de Joaquín Costa y dedicada a Gumersindo de Azcárate; véase RGLJ 91 [1897]) en el que la cita del comienzo es toda una declaración de intenciones y la exacta contradicción de la ley de marras: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley” (Mateo 7, 12; ¿será esto un imperativo categórico?). Ya habrá otras ocasiones para hablar de la de la selva o la del silencio, por no mencionar la de la botella, de alcance más restringido pero pertinente durante este mes.

3. Habrá lectores que hayan padecido en sus carnes la aplicación de la ley del embudo (casi un uso universitario) o rebatido, tal vez, la falacia del mismo nombre; y hayan sufrido la iniquidad no del egoísmo (legítimo defenderse a uno mismo) sino de la desigualdad fundada sencillamente en el poder, en la prevalencia que atribuye una posición preeminente que desliza a quien disfruta de tal lugar a la arbitrariedad (o al simple capricho) y al ejercicio impúdico del poder: que solo es tal cuando se ejerce.
También habrán conocido a los que tienen distinto rasero, ven la paja en el ojo ajeno o están en posesión de la verdad incontrovertible. No olvidemos que a veces también nos sentimos inclinados a aplicarla. 

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